Cartas a mi hija

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"Mi hija vive en Estados Unidos, desde abril del año pasado. Hablamos con frecuencia sobre sus expectativas, sobre lo que hace y lo que no hace, lo que extraña y lo que añora, lo que le sorprende y decepciona de vivir en ese país. Me cuenta de sus planes y frustraciones, y en medio de esas conversaciones lejanas, de esas preguntas que van y vienen, hay algunas que constantemente se repiten, ¿mami, cómo se hace el arroz con coco? ¿y aquel pudín tan delicioso que me dabas cuando llegaba del colegio? Mami, enséñame…de esta manera, día tras día, su necesidad se convirtió en la mía. Reelaboré mis rituales cotidianos y me puse en la tarea de organizar su libro de cocina en la distancia. Ya tengo varias recetas y esta es la primera de ellas."

Después de la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, y el fin de la Guerra Fría, se da inicio a un proceso económico, tecnológico, social y cultural de grandes dimensiones, que privilegia las relaciones mercantiles y la sociedad de consumo. Los mercados locales son absorbidos por grandes capitales que privilegian el rol de las empresas multinacionales y el flujo del libre comercio, mientras las culturas pequeñas luchan por no desaparecer bajo el anonimato de la cultura global y mediática. Geopolíticamente, la hegemonía capitalista continúa asfixiando las economías emergentes y desplazando a poblaciones enteras en búsqueda de un lugar donde vivir y desarrollarse. Entre tanto, el individualismo rampante se convierte en un peligroso síntoma de nuestra enfermedad social, que privilegia los beneficios individuales sobre los intereses comunes, una pesadilla que va en detrimento de los vínculos afectivos y las relaciones humanas.

El capitalismo es el aparato de control con mayor ingerencia en la producción de deseo. Es así como las Otras culturas, sus creencias y costumbres, son invisibilizadas por la hegemonía del mercado cultural. La globalización impone reglas económicas a partir de intereses trasnacionales, dejando sin voz a los grupos humanos minoritarios. De esta manera las tradiciones culinarias, hecho de vital importancia en la construcción de sentido, son amenazadas por las políticas neoliberales, poniendo en peligro una de las manifestaciones culturales mas importantes de la experiencia humana. Al preparar las comidas tradicionales, reelaboramos un ritual lentamente madurado a través de los siglos, y al compartirla, nos reconocemos y establecemos vínculos afectivos de pertenencia. Aquello que comemos y la forma en que lo hacemos, constituyen elementos decisivos de nuestra identidad y una de las mejores maneras de comunicar nuestra particular visión del mundo.

Las acciones cotidianas de resistencia o micropolíticas, son sistemas particulares de representación, que activan el deseo, definido por Deleuze como acontecimiento o devenir.

 

Muriel Angulo

2007